Es casi ocioso señalar la importancia que tiene la música en la educación, en el proceso formativo del ser humano. También resulta casi superfluo destacar la importancia de la educación, esto es de la enseñanza, en el proceso de preparación de los músicos profesionales. Ello culmina en la conciencia de la enorme importancia de la educación y de la música para México, de su infinito poder como aglutinadora, correctora y emuladora del medio social, a más de su papel como benefactora de la evolución cultural y económica.
Esos razonamientos inciden sobre un examen de la situación del estudiante de música en México, sus posibilidades de aprendizaje y desarrollo y la forma como el hueso y nervio profesional del país puede llegar al vigor adecuado. En ese campo nos hallamos frente a un panorama muy complejo, con una chispa de esperanza y muchos aspectos desoladores. En general, el medio educativo de la música se halla en un punto muy deteriorado, casi en aquel período de la decadencia que jamás conoció el auge.
Las escuelas son deficientes, por sus planes de estudio que oscilan entre las posiciones antediluvianas y la imitación servil y extralógica de modelos extranjeros, no necesariamente óptimos. Los maestros son, por un lado, insuficientes en su número y, por otra parte, deficientes en su calidad pedagógica y profesional. Las brillantes excepciones que hay en todas las escuelas no hacen sino contrastar con más fuerza el nivel general de mediocridad al que problemas no muy difíciles de resolver mediante salarios adecuados, cursos de instrucción y un buen nivel de disciplina y organización han llevado a muchos que podrían ser excelentes maestros con un poco de ayuda y motivación profesionales. La falta de una disciplina adecuada, conduce a una situación que desestimula por completo a los maestros al consentir sin tino a los alumnos.
El medio estudiantil, en general, tiene alumnos politizados al exceso, no muy interesados en la adquisición de conocimientos, que alucinan con la revolución y que buscan el acceso a la vida profesional por el camino del asambleísrno y la presión política, inspirados y alentados en algunos casos por ciertos maestros, que tratan de obtener por este medio las ventajas personales y profesionales que su talento, capacidad y trabajo les han negado. Esa inquietud ha impedido que este país de rica tradición coral tenga los coros que puede, merece y debería tener. Esa oscura agitación de nivel de estulticia dañó tanto al medio en la época de los consejos y la turbulencia que desató el poco acierto del gobierno en materia cultural y la baja política (expresada en la guerra a Carlos Chávez) que agitó por algunos años al medio musical. Se inflingieron daños a la ópera, a la música instrumental y a la enseñanza. ¿Irreparables? Muchos esfuerzos se hacen ahora por mejorar y cambiar aquel enfoque. Lamentablemente los daños a las estructuras técnicas no se reparan por decreto y será menester el transcurso de muchos años de trabajo para volver, en algunas áreas, a obtener los niveles que este país ya poseía antes de 1970.
Por otra parte, están diversas circunstancias adversas en contra de los estudiantes de música. Algunos deben interrumpir sus estudios y formación a medio camino. Unos (los menos, afortunadamente) por llana y simple incapacidad, por falta de aptitud, por falta de talento para continuar y en algunos pocos casos siniestros por falta de voluntad y exceso de holgazanería, por pura y franca pereza. Otros, por falta de recursos económicos, por falta de ayuda material y apoyo financiero. Ante sus necesidades monetarias y la sed que las instituciones profesionales tienen de los músicos que las escuelas NO preparan en cantidad ni calidad adecuada, los jóvenes talentosos se tienen que prodigar en el desempeño de trabajos que deberían ser afrontados por experimentados profesionales. Las difíciles circunstancias personales los obligan a trabajar prematuramente, interrumpiendo sus estudios para ganar donde sea y como sea el sustento para ellos mismos y sus familias. Las instituciones profesionales, ahogadas por la falta de recursos humanos, saltan sobre cualquier joven capaz de tocar con cierta eficiencia y le corrompen como estudiante, al reconocer con un salario profesional, a veces alto, que sus estudios han terminado y que no necesita llegar más alto como músico para ganarse la vida.
Los jóvenes mexicanos, cuyo talento musical es inmenso y abundante, requieren de un verdadero apoyo para lograr el nivel que su capacidad merece. El intento de la escuela Vida Movimiento es de lo más loable que concebirse pueda pero no es, infortunadamente, suficiente. Hace falta todo un sistema de apoyo institucional, como el norteamericano, donde un estudiante pobre y bien dotado puede hacer su carrera hasta el fin, sin tener que claudicar por falta de apoyo. Es preciso dejar el opio de la cogestión escolar, los planes de estudio hechos por estudiantes (situación que comparte la posición de un niño que planea su educación y la de un cirujano que pretenda operar su propio corazón o cerebro) y la inquietud de política burocratizante por obtener “cédulas profesionales”. El primer deber de un estudiante de música es tocar bien, cantar bien, componer bien, y esto sólo se puede hacer con mucho talento y aún más trabajo.
Este país requiere todavía la presencia de músicos importados para tocar en las especialidades que sus escuelas no producen y para enseñar lo que los jóvenes necesitan saber y que no hay quien les enseñe. Pero la importación de músicos, en principio muy saludable y que ha existido siempre en el campo cultural, no servirá de nada mientras los nacionales no adquieran la disciplina necesaria para aprender y trabajar. La disciplina no se estudia, es una actitud derivada de la voluntad y el ejercicio, de la práctica reiterada. Mientras no trabajen, mientras se dediquen a holgar en vez de estudiar, todo el talento importado, que es grande y costoso, será inútil. Algunos maestros nacionales y extranjeros son excelentes pero la generalidad de los alumnos no parece compartir esta situación. Hacen falta muchos músicos importados, más todavía. Se requiere todo el conocimiento y el “know how” de los países más avanzados para poder formar el talento mexicano. Pero esta cantidad de profesores debe estar balanceada por la correcta posición académica y actitud vital de los alumnos.
Recientemente, siempre con base en la traición que les hacen ciertos maestros al desorientarlos con perversos fines de provecho personal, nuestros estudiantes de música, como actitud general, han probado las siguientes inquietudes: en vez de trabajar sus disciplinas realizan asambleas; en vez de estudiar con ahínco gastan (o desperdician) el tiempo en intentos de presión para obtener, como reconocimiento a sus exámenes (no a sus conocimientos) una cédula profesional, credencial mágica de mediocres que les exime de exhibir sus incapacidades (siempre alentados por aquellos maestros que necesitan de títulos para encubrir sus imposibilidades), la cual demandan, garrote en mano, de la Secretaría de Educación Pública; en vez de la práctica de la disciplina y del arduo esfuerzo que sus difíciles carreras exigen, malgastan su fuerza de voluntad en gritar por falta de oportunidades para “actuar” exponiendo algo que todavía no saben hacer; en vez de cultivar el idealismo imprescindible para salir adelante en los difíciles menesteres de la música, son víctimas (en parte como proceso imitativo de ciertos maestros) del más roñoso materialismo laboral, casi gansterismo, expresado en la exigencia de pago por sus actividades estudiantiles de práctica pública. Esto último no es demasiado extraño si se toma en cuenta que en este país hay orquestas de alumnos, que por definición deberían estar dedicadas al aprendizaje y a la práctica, que tienen directores “titulares”, quienes tratan de organizar conciertos profesionales y bloquean el tiempo, que debería de ser usado por los estudiantes de dirección y composición, para ensayar los conciertos que no pueden lograr en las esferas profesionales.
Todo ello coloca al buen estudiante (los hay, gracias a Dios) ante una posición extremadamente difícil. Tienen que luchar contra todo lo que hay que vencer, contra todo lo que hay que pelear dentro de uno mismo y superarlo, tienen que derrumbar barreras interiores de magnitud formidable y, además, derribar los obstáculos exteriores, que siempre han sido temibles y que ahora se ven agravados por esa otra nueva traba peligrosa y gratuita, añadida y condicionada por las actividades estudiantiles antes mencionadas, alentadas por profesionales corruptos, de la más baja ralea musical. Esas malignas entidades, cuya mediocridad esencial no les permite otro camino que el de la agitación para obtener, al menos, un fugaz segundo de la notoriedad que sus enanas almas anhelan y que profesionalmente no pueden alcanzar de otro modo ya que su incapacidad artística no les permite otro resultado, son un verdadero cáncer de la juventud que debería ser extirpado a toda costa ya que cuando denuncian las “actitudes burguesas” del medio profesional se olvidan de algo (tal vez hasta lo ignoran): la música burguesa, que se cultiva con devoción y esmero en TODOS los países socialistas no admite incapaces ni holgazanes. Es claro que esta situación condiciona el vicio de los incapaces y de los perezosos: quienes se dedican, en vez de trabajar, a la denuncia (con celo redentor) de nuestros vicios antidemocráticos se salvan, de paso, de exhibir su incapacidad, que en algunos casos es una verdadera y auténtica imposibilidad.
Las individualidades pueden todavía superar todo eso y de suyo lo superan y rebasan. Pero ello no vale en el enfoque de la educación ya que lo que ahí se busca, a través de los sistemas y las escuelas, son soluciones colectivas e institucionales para poder producir un gran número de gente capaz, para lograr profesionales eficaces a carretadas, justo como lo hacen los Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Alemania y Francia.
Las condiciones escolares se reflejan en las profesionales. Nuestros músicos empiezan tarde con relación al promedio de otros países. El joven profesional norteamericano suele tener la edad de nuestros estudiantes medios y la de algunos principiantes. La escasez de la oferta incide en el alza de los salarios, pero nadie toca mejor si se le sube el sueldo, así es que la falta de alumnos capaces y el progresivo encarecimiento de los recursos profesionales agota todo presupuesto, causa una progresiva pauperización y motiva la pereza en mayor grado. Los estudios interrumpidos por la codicia de los altos salarios son la peor maldición del medio profesional. La falta de un sistema de becas para obtener el refinamiento de los estudios termina de aplastar a los que tuvieron el heroísmo de continuar y terminar contra viento y marea ya que les impide seguir el ascenso que su esfuerzo, voluntad trabajo lograron,
¡Qué horror!
¿Es ésta la voz del pesimismo?
¡No! Al contrario. Es la denuncia de que nuestros talentos (inmensos, innumerables) requieren ayuda y estímulo para que den los frutos que pueden dar. Los vicios son de simple aunque no sencilla solución; un poco de buena voluntad y un mucho de trabajo los pueden resolver y no debemos abandonar a los desorientados jóvenes talentosos a su suerte. Hay que darles la mano y sacarlos de los peligros del pantano escolar en que hoy se debaten.
Podemos hacerlo, ya que las claras soluciones se hallan a nuestro alcance: disciplina, estímulo y trabajo. La música ha sido siempre apoyada en México por el Estado, con una pionera y avanzada visión.
Gobiernos tan disímiles como los de Santa Anna, Maximiliano y Porfirio Díaz dieron apoyo a la música. Los gobiernos del siglo XX también lo han hecho, en proporción todos a su interés y recursos, pero nunca antes (hasta ahora) se había hecho en proporción a las necesidades nacionales y todavía falta. Como todo sediento que bebe, nos desconcertamos y nuestros primeros sorbos son poco efectivos, pero ahora podríamos realizar medidas verdaderamente productivas en el campo de la educación musical. El mexicano ama la música, Este país tuvo la primera escuela musical de América, las sinfonías de Beethoven se tocaron en México antes que en Roma; la ópera surgió en México en el mismo año que Handel hizo su primera ópera en Inglaterra; los coros tuvieron un auge que asombra. Los genes son los mismos ahora; deberíamos aprovecharlos.
En verdad que quien puede aprender no necesita maestros y que a quien es incapaz ningún maestro puede enseñarle nada, pero esto sólo se conoció en las escuelas y necesitamos del sistema y las instituciones para facilitar el camino de los que pueden aprender.
¿No podríamos hacer algo pronto?
MTO JORGE VELAZCO
DE MUSICA Y DE MUSICOS
UNAM
Febrero de 1980
TRANSCRIPCION:
LUIS MARTINEZ AVILA
NOVIEMBRE DE 2010
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