ADMINISTRADORES DESAFINADOS
La función administrativa y las actividades administrativas son la columna vertebral del trabajo humano. No sólo del trabajo, ya que la base tecnológica y social de todo conglomerado humano está fundamentada en las posibilidades administrativas que puedan formar el marco en que se desenvuelvan las empresas de sus miembros. De suyo, una de las más importante facetas del gobierno es la administración que se identifica en muchas áreas con la función del mando y del poder. No en balde el honesto dictador Porfirio Díaz repetía como lema de gobierno, de lo que él consideraba buen gobierno, “poca política y mucha administración”.
La música, al igual que cualquier otra ocupación humana, requiere de administradores, de especialistas que sean capaces de crear, mantener y hacer funcionar la compleja infraestructura técnica y material que será el punto de despegue de la difícil y complicada labor artística. En el campo musical, más claramente dentro de la especialidad de las orquestas sinfónicas, esas funciones administrativas son críticas y delicadas. Lo explosivo e inestable del material humano que supone la interacción de cien poderosas individualidades, cargadas (en casos ideales) de conocimientos y siempre alerta a las fricciones y al ejercicio violento de las neurosis es únicamente parte de la complicadísima elaboración de trabajos que incluyen la coordinación de actividades de miles de personas, en todo tiempo y por todo el mundo. Luis Herrera de la Fuente ha dado la más oportuna, descriptiva, verdadera y sintética definición de lo que una orquesta sinfónica implica en el campo administrativo: “es una crisis permanente”.
En los Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, los administradores musicales son profesionales especializados. Los norteamericanos imparten cursos universitarios de especialización musical a los alumnos de las carreras de administración que se interesan en ello, y los educan de veras. La función de administrador musical implica, en esa esfera, toda una carrera universitaria y la posesión del adecuado conjunto de conocimientos, tacto, intención y experiencia que todo ejercicio profesional requiere. En general, además de los conocimientos generales y especiales de administración, esos expertos conocen, a fondo, los campos musicales que deben administrar (desde la visión exterior del que no es artista, usualmente), y en algunos casos, son músicos ellos mismos. También poseen tres o cuatro lenguas con fluida corrección y son capaces de organizar, rápida y eficazmente, cualquier sistema (en sentido administrativo) que soporte la operación de cualquier necesidad técnica o artística que pueda surgir en el curso de las actividades propias de los músicos. Grupos como la Filarmónica de Berlín, la Sinfónica de Chicago, la Opera de Nueva York, el Metropolitan Opera House, e instituciones como la Philarmonic de Berlín, el Royal Festival Hall de Londres o el Carnegie Hall de Nueva York trabajan bajo esas premisas administrativas, que permiten el trabajo de Von Karajan, Bernstein, Solti y sus músicos y cantantes.
De todo ello, ¿qué tenemos en México en el campo administrativo de la música? El panorama nacional es casi desolador en virtud de que todavía nos hallamos en la etapa empírica, previa a la técnica, en la que prácticos habilitados a base de errores tratan, con muy poco éxito, de manejar la administración de la música, provocando, a causa de su incompetencia básica, problemas sin cuento que repercuten con gran fuerza en los resultados puramente artísticos que los conjuntos e instituciones, que desgobiernan, intentan producir. Algunas personas sirven, a causa de su sentido de responsabilidad, organización y gusto por el orden, pero incluso ellas son prácticas, usualmente entrenadas por algún músico capaz, cuyo número es infinitamente inferior a las necesidades y que, cumpliendo con la respectiva Ley de Parkinson, están sobresaturadas con el trabajo de toda una caterva de holgazanes e incompetentes que cobran sueldo por su no siempre constante presencia física en los lugares del trabajo que no realizan. En general, la administración de la música en México se ha encargado tradicionalmente (nefasta tradición) a músicos que no entienden un pepino de administración, a personas comunes (cuando no abortos administrativos) que no tienen preparación en campo alguno y que, cuando tienen la voluntad y diligencia requeridas, aprenden parcialmente su trabajo, a frentazos y errores sin cuento ni precio o a individuos que no tienen más interés que el figurar y cobrar sueldo. Esto ha condicionado que la tónica del administrador musical mexicano sea la de la improvisación, la incapacidad y la irresponsabilidad. A veces, se nombra administrador a personas de probada incompetencia, de comprobada ineficacia y demostrada irresponsabilidad, quienes a cambio de sueldos en ocasiones muy abultados, prosiguen su siniestra tarea de arruinar y estorbar el trabajo de los artistas.
Hay muchas formas de corrupción y el ocupar un lugar que no se puede atender por ignorancia o falta de experiencia constituye un caso de corrupción, que puede verse agravada cuando las intenciones profesionales de quienes aceptan un empleo no tienen la rectitud de quien trabaja con lealtad sino que persiguen fines financieros o de poder político.
La cleptocracia, contra la cual lucha (al parecer con éxito muy limitado) el gobierno, y sus formas derivadas de corrupción permiten esta situación que mucho daña al país en su cultura musical. En México, una vez más tradicionalmente (y una vez más maldita sea tal tradición), el director de un conjunto sinfónico debe hacer todo el trabajo administrativo (a más del musical propio de su cargo), desde obtener la música impresa hasta poner sillas, so pena de que el cobrador administrativo correspondiente falle y no tenga listo algún elemento esencial para el trabajo artístico en los ensayos o incluso en el concierto.
La organización de eventos a los que no asiste público suficiente, que tienen un programa muy atractivo que será presentado con decoro, cuando no es el caso de que algún solista de fama mundial será quien actúe, son un caso típico de falla administrativa en la promoción y publicidad de los eventos, en la motivación al público que con tanta eficacia logran los profesionales en administración y relaciones públicas. Esos conciertos clandestinos, que son un auténtico desperdicio de talento y un brutal tiradero de recursos financieros, no tienen justificación administrativa y sí un remedio no demasiado difícil. Desde la hora en que a veces se tocan tales conciertos (asunto administrativo) que puede ser totalmente inadecuada para una razonable afluencia de público hasta el hacer conocer la presencia de algún solista importante o de alguna obra excepcionalmente atractiva, son actividades que un administrador profesional realiza sin penas y que los ineptos o los impreparados carecen de posibilidades de lograr.
Las actividades musicales son importantes y su administración es un atractivo reto que puede ser bien remunerado y muy estimulante para los jóvenes con vocación administrativa.
¿No valdría la pena implantar los estudios correspondientes para captar los talentos adecuados?
Y así salir de los inútiles.
MTO JORGE VELAZCO
DE MUSICA Y DE MUSICOS
UNAM
Febrero de 1980
TRANSCRIPCION:
LUIS MARTINEZ AVILA
